¿Guerreros, limpiadores o protectores? Hablemos de macrófagos

La última encuesta que llevé a cabo en la página de la Sociedad Española de Inmunología reveló que, por muy, muy poquito, los macrófagos  tenían que ser los que recibieran el protagonismo en la próxima entrada del blog. ¡Pues aquí están! Recibamos con un fuerte aplauso a estos ¡guerreros!…o, uhm, espera…¡limpiadores!, uh, vaya…¡protectores! Espera, ¿por qué me están mirando con esa cara esos macrófagos de allí? ¡Pero no se supone que tendríais que ser simplemente unos guerreros más de este ejército interior! ¡¿Cómo que no?!

Una vez, ponéos cómodos y adentraros en esta fascinante historia sobre uno de los reclutas de nuestro sistema inmunitario con más funcionalidades.

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Vale, los macrófagos no se ven tan coloridos como en esta imagen, pero si que nos da una idea de lo diferente que pueden llegar a ser…Fuente: Darren Brown

Macrófagos “de toda la vida” o mácrofagos “de entrenamiento”

Aunque todos los macrófagos forman parte del bando de soldados “rápidos y brutos” (el sistema innato y de defensa), no todos ellos son iguales. Es más, independientemente de las funciones que vayan a realizar, los macrófagos pueden separarse en dos grandes grupos. En primer lugar nos vamos a encontrar los que yo aquí llamo macrófagos “de toda la vida”. ¿Que qué quiere decir esto? Pues muy simple. Que estos reclutas se van a producir ya durante los primeros momentos de nuestro desarrollo, pero en edificios distintos a los que introduje en esta otra entrada. Los macrófagos de toda la vida (macrófagos residentes de tejidos) se irán de viaje hasta los órganos para los que han “sido diseñados”, donde formarán una sociedad de macrófagos encargada de llevar a cabo diversas funciones específicas de ese lugar. Por ejemplo, nos encontraremos sociedades de macrófagos de “toda la vida” en el pulmón, en el bazo, en las paredes de las arterias o en el hígado, solo por citar algunos. Si bien estas sociedades tienen licencia para proliferar, es cierto que, para su pesar, en muchas ocasiones no pueden mantener un número adecuado y, por lo tanto, requieren de otros macrófagos para que sus funciones no se vean alteradas: ¡hola macrófagos “de entrenamiento”!

Una vez que nacemos, los macrófagos “de toda la vida” dejan de producirse como tal. Y, como decía más arriba, requieren de otros reclutas para llevar a cabo sus funciones cuando éstas requieran un esfuerzo mayor (amenazas, por ejemplo). Nuestro ejército interior cuenta por lo tanto con otros reclutas, los “macrófagos de entrenamiento”, que en realidad no han nacido tales, como su propio nombre indica, si no que provienen del entrenamiento de otros soldados distintos, conocidos como monocitos.

De los monocitos no he hablado en ninguna ocasión (y os puedo asegurar que sería una entrada tanto apasionante como complicada), pero simplifiquemos todo diciendo que son una suerte de reclutas, producidos en la incubadora, que circulan por nuestra sangre y sirven como centinelas en busca y captura de señales de alerta, tanto de posibles invasiones como de procesos de reparación. Cuando los monocitos detectan que existe un problema en alguna localización, son capaces de escurrirse entre las paredes que rodean a los vasos sanguíneos y entrar al tejido. Una vez ahí, se entrenarán rápidamente y darán lugar a los “macrófagos de entrenamiento”.

“Que si, que vale, que todo esto está muy bien pero los macrófagos, ¿son guerreros, limpiadores o sanadores? ¿que narices quiere decir todo esto?”

La red corporal de macrófagos

Tanto los macrófagos de toda la vida como los macrófagos de entrenamiento tienen la posibilidad de llevar a cabo funciones de defensa (guerreros), de limpieza (sanadores) o bien de protección de los tejidos (protectores). Salvo la función de defensa, que lógicamente será muy similar en cualquier sitio, las otras funciones dependen del lugar en el que el macrófago se encuentre. Por ejemplo, un macrófago en un pulmón no va a hacer lo mismo que un macrófago en el hígado, o en el intestino. Por lo tanto, esto nos lleva en primer lugar a pensar que los macrófagos, como tal, “no existen”, si no que lo que existe es un entramado de macrófagos, que aquí llamaré red corporal de macrófagos, que comparten unas características comunes pero que son específicas del lugar en el que se encuentren. Algunos científicos comparan esta red corporal de macrófagos con otros sistemas que igual te suenan, como el nervioso o el endocrino.

Función defensa: lo que siempre nos viene a la mente

Claro, si siempre escribo que si ejército por aquí, que si guerrero por allá…¿cómo no vais a pensar en los macrófagos como un soldado más? Bueno, pues en este punto ya sabéis que no, no es la única función que tienen.

Cuando los macrófagos se especializan en la función de defensa, lógicamente su cometido será el de proteger su amado lugar (algún tejido de tu cuerpo) para evitar que los invasores campen a sus anchas cuando les de la real gana. Quizá una de las formas más fascinantes, y a mi parecer más bonitas (por las imágenes que se obtienen), de destruir a estos enemigos consiste en, literalmente, comérselos. Este proceso, conocido como fagocitosis, permite controlar en cierta medida la amenaza, evitando así que se pueda propagar a otros sitios y, como siempre, dando tiempo a nuestro bando “lento pero muy, muy selectivo” a desarrollarse. Una vez en el interior de un macrófago, los invasores son “disueltos”.

Ahora, eso sí. Existen invasores muy listillos, como la bacteria que causa la tuberculosis, que sabiendo que los macrófagos “se la van a zampar”, ha desarrollado un mecanismo para dejarse comer pero evitar ser destrozada en su interior. De esta forma, puede pasearse tranquilarmente por nuestro organismo en un transporte VIP gratuito.

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Un macrófago defensor en plena “comilona”. ¿El Menú? Bacterias causantes de la tuberculosis (en rojo pálido). La fagocitosis es uno de los procesos que nos deja imágenes increíbles. Fuente

Función limpiadora: los “e-Robot” de nuestro ejército

Por cada segundo que pasa, un número determinado de obreras tienen que matarse. Oye, que esto es genial y debe continuar para que nuestro cuerpo funcione de forma adecuada (si no, mirad que pasa cuando las obreras dejan de matarse y se convierte en rebeldes) pero, ¿quién limpia todo este desastre? ¡Por que vaya como queda todo después de la apoptosis! Por suerte para nosotros contamos con los excelente macrófagos limpiadores que, si os digo la verdad, siempre me los imagino un poco como los e-Robot de nuestro ejército interior. La realidad es que es más o menos lo que hacen: van patruyando su lugar de trabajo y cuando ven algún resto de muerte, ¡plof! “pa’dentro”, fuera problemas.

Nos puede parecer absurdo, pero la función de limpieza es imprescindible. Sin ella, los restos de obreras muertas sería visto por otros guerreros como una señal de alarma y se podría liar parda. Pero no queremos eso, ¿verdad? Que se lo digan a las células rebeldes, que estarían la mar de tranquilas en un mundo sin limpieza.

Función protectora o de mantenimiento

La última de las funciones que un macrófago puede adquirir es la función de protección o de mantenimiento que es, sin duda, la más heterogénea de todas. Y para ello os voy a citar un único ejemplo, con foto incluida (¡aunque hay muchísimos más!).

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Macrófagos protectores (en turquesa) contactando con glóbulos rojos (amarillo) en desarrollo. Hablamos un poco más de ellos aquí.

En condiciones normales, se producen casi 100 mil millones de glóbulos rojos por hora (si, si, ¡has leído bien!). Para que este proceso tenga lugar, los progenitores de los glóbulos rojos necesitan se protegidos y recibir señales que indiquen que todo va bien. ¿Podéis imaginaros quién le va a dar esta señal? ¡Los macrófagos protectores de la incubadora! Este tipo de protección entre los macrófagos y los glóbulos rojos a veces se entiende como una entrañable pero compleja historia de amor, y de hecho os la enseñé en la página de Facebook en uno de los viernes de #immunopic (aquí a la derecha). Otro tema interesante es que los glóbulos rojos adultos, y a diferencia de otras células obreras, no tienen núcleo. Pero cuando están en proceso de desarrollo si que lo tienen, lo que quiere decir que en algún punto de su vida lo tienen que expulsar, así, ¡plof! Como el que no quiere la cosa. Lógicamente esa enorme cantidad de núcleos no puede quedar por ahí. ¡Imagina que caos! En su labor de protección, los macrófagos de la incubadora son, por tanto, también responsables de capturar los núcleos, de una forma muy similar a lo que harían los macrófagos limpiadores.

 


 

Como habrás podido comprobar, los macrófagos no son de los reclutas más fáciles de nuestro ejército interior, ya que son capaces de llevar a cabo funciones tan diversas como la defensa, la protección o la sanación. Para que puedas hacerte una idea de lo complejos que son, te diré que muchos de ellos tienen nombre propio, haciendo que a veces creamos estar ante otros guerreros distintos: células de Kuppfer para hacer referencia a los macrófagos del hígado, microglía para hacer referencia a los macrófagos de nuestro cerebro. Sin embargo, para mí siempre serán uno de los guerreros más fascinantes de observar, ya que, como decía más arriba, nos brindan unas imágenes microscópicas realmente increíbles con las que es fácil quedarse boquiabierto.

 

 

 

 

 

 

 

 

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